Dicen los entendidos que lo que ha de ser será.
Dicen también que no hay amor sin pena, guerra sin paz.
Por eso nos queda el recuerdo, de los vivos, de los muertos, de lo que
nunca llegó a pasar.
Y encima de una mesa disputamos nuestras vidas, incongruentes,
malgastadas al azar.
Cuentan que hubo señores, damas, doncellas; ejércitos de caballeros,
duelos, peleas.
Pero no por mucho contar ha de aumentar la sabiduría.
No sin antes confirmar las fuentes de la doctrina.
Por eso más vale escuchar, no tergiversar.
Aprender, no plagiar.
Evitar, no provocar.
Planificar, no improvisar.
Respirar… pero con la boca cerrada.
Pues el que dice maldice.
El que hace no deja hacer.
Y el que no hace molesta.
Cuesta, pues, asimilar un rol en un juego sin reglas.
¿Por qué si no es más limpio el que menos ensucia y no el que más limpia?
¿O es acaso más intensa la luz que más brilla?
¿O más grande la estrella que más se ve?
La sabiduría mal entendida.
La experiencia de la vida enfrascada.
Los sentidos atrofiados.
Y la dulzura de la vida, desperdigada en cada sinsabor, en cada pena,
en cada rincón…
Por tanto, lluvia para la semana, sino tormenta.
Aguacero de ilusiones, helada de sentimientos.
Curvas, saltos, atropellos…
Todo por no liberar el camino.
Fallo, fallo…
¿De quién?
Tuyo, mío…
Tuyo, mío…
Iago Cid Martinez