Entrevista en revista de Cine vertigo, Venezuela

Entrevista en revista de Cine vertigo, Venezuela

joseluisdavila

Festival de Cine Andino Documenta 2009
por Pablo Gamba

Entrevistado:
Dir. José Luis Dávila

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“Convivir con ellos, pisar lo que ellos pisan, comer lo que ellos comen es para nosotros la etnografía”

Dos documentales venezolanos de la cooperativa Expansión Eco Sur dirigidos por José Luis Dávila, Más allá del paraíso y Amazonas, la última frontera, fueron seleccionados para el Festival Documenta 2009. Compiten en los renglones de mejor opera prima andina y mejor documental venezolano, respectivamente.

Ambos filmes tienen en común el tema de la región fronteriza. El primero trata la problemática de El Socuy, entre Venezuela y Colombia, una zona habitada por indígenas del pueblo wayuu y desplazados por la guerra en el país vecino, amenazada también por la explotación del carbón y su secuela de daños ambientales. El segundo es sobre la comunidad multiétnica de Santa María de Mavacal, en el Amazonas, cerca de Brasil y Colombia. Allí conviven indígenas de los pueblos yeral, guarequena, guajibo, baré y curripaco, entre otras personas, que llevan adelante un proyecto colectivo de desarrollo sustentable, el cual está amenazado por la actividad minera. Las 2 cintas integran la serie Sur sin Fronteras, que comprende hasta ahora 10 documentales, de los cuales Más allá del paraíso es el primero. Los últimos 4 están en postproducción.

Vértigo conversó sobre ambos filmes con Dávila, quien es un cineasta que empezó en la fotografía artística y trabajó en el Departamento de Cine de la ULA. Participó en el rodaje de película Tierra para hombres libres de la Universidad de Sao Paulo, en Brasil, sobre el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, y luego hizo talleres en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, en Cuba.
—¿Qué es el proyecto Sur sin Fronteras?

—Sur Sin Fronteras es un concepto utópico, pero realizable, de una frontera sin líneas divisorias, sin alcabalas que nos pidan pasaportes, sin limitantes que vayan por encima de lo humano y pongan lo económico en primer plano. Esa fue una de las cosas principales que nos encontramos: las fronteras de nuestro país están totalmente en función de lo económico. Pero también hay poblaciones indígenas, poblaciones campesinas, que no ven la frontera como una limitante. Ellos conviven con el de allá y con el de acá de la misma manera. Los guyaneses incluso. Estuvimos a principios de año terminando el documental sobre la frontera con Guyana, y era una relación superfluida la del trabajo y de la minería. Lo que nosotros creemos en la ciudad, que los del otro lado están destruyendo y traficando droga, es natural. Es su forma de vida. Es como ver un buhonero, un tipo que alquila un teléfono en Caracas. Es totalmente normal y natural. Convivir con ellos, pisar lo que ellos pisan, comer lo que ellos comen es para nosotros la etnografía. No es el antropólogo que va con un equipo a investigar, toma su muestra y se va. El elemento esperanzador de la frontera es que la gente busca un espacio para integrarse, crear proyectos colectivos. Luchan por una causa no política sino comunitaria. Es una utopía anarquista, podría decirse, eso de Sur Sin Fronteras. Un lugar donde no hay límites, no hay divisiones y hay horizontalidad en las decisiones. Eso se da en esos lugares de frontera porque no es tan fuerte la presencia del estado, ni de la empresa privada ni de nadie. Ahí no hay nada.

—¿Cómo se traduce eso en los documentales?

—Hemos ido buscando en cada documental algo específico. Por eso es una serie de documentales etnográficos y no una serie de televisión. Asumimos la responsabilidad que eso genera. Un documental debe ser crítico, debe tener respeto por la realidad que vamos a interpretar y una función social específica. El documental no debe estar aislado de lo que pasa. Tampoco queremos generar una división con el cine de autor. Estuve en el Docbsas en 2008 y vi una brecha gigantesca entre el cine de autor documental y el cine documental social. Eran como dos polos opuestos. Lo volví a ver aquí, en el Encuentro de Documentalistas Latinoamericanos, al que vino gente de una formación académica más corta que trabajaba en medios comunitarios y hace trabajos con bastante peso. Y eran dos camadas de documentalistas: unos que tenían que ser más respetados y otros con menos respeto porque tienen menos formación. Nosotros constantemente estamos haciendo pesquisas para aumentar nuestra capacidad técnica como realizadores y también tomamos en cuenta esos movimientos de cine de la base, como lo llamo, y estoy muy influenciado por Raymundo Gleyzer, Santiago Álvarez y Fernando Birri, igual que Edmundo Aray. Hacemos un cine activista, podría decirse, pero somos muy imparciales. No estamos de un lado ni del otro. Somos bastante claros en eso.

—Hábleme un poco de Más allá del paraíso…

—A partir de 2004 subimos constantemente a El Socuy, aproximadamente durante año y medio. Estuvimos muy fuertemente vinculados con la lucha política. Había protestas en todo el país y fueron manipuladas por el otro lado político, el regional. En el chavismo había enfrentamientos de un lado y de otro, y todo era un protagonismo. Nosotros fuimos, como realizadores, a captar esa realidad, y vimos que la lucha tenía muchas aristas. Vimos lo que más nos pareció que debíamos adecuar, buscamos a personas clave, gente que desarrolla trabajos allí específicos, como especialistas en biología, un antropólogo, un luchador social que organiza cooperativas y consejos comunales, campesinos que no tienen cédula y son explotados como mano de obra barata, al igual que los indígenas, que son presa fácil de paramilitares y grupos subversivos. Toda esa realidad la vimos: vimos gente morir, hubo un compañero de ese grupo de lucha social que resultó herido de dos balazos por un paramilitar en Maracaibo. Convivimos con grupos guerrilleros, y eso no lo puedo describir porque me buscan y me cortan la cabeza. Estuvimos en presencia de muchas cosas que te mueven tus parámetros convencionales. Tienes que empezar a indagar y a buscar la poesía en la imagen, y no llegar a ser tan crudo, porque si no sería un caso de archivo criminal, un seriado de muerte.

—Varios de los personajes del documental vinieron a Caracas, a una marcha. Fuimos donde el presidente Chávez por el carbón en 2005. Vinieron a dar charlas en el Foro Social Mundial sobre qué era lo que pasaba en su territorio y por qué estaban peleando, y eso logró hacer un frente de medios comunitarios, colectivos, gente anarquista, muchos movimientos de la calle, que los apoyaron, y luego vinieron los yukpas, que son los que han estado demarcando el territorio. Esa franja es la mina de carbón mineral para hacer acero más gigantesca a cielo abierto que existe en el planeta. Nosotros estuvimos del lado de Colombia y después filmando el de los wayuu. Toda esa gran explotación, que se llama Cerrejón, va a un puerto en Colombia que se llama Simón Bolívar y sale a la costa este de Estados Unidos y a China. La idea de ellos es traspasar la frontera hacia la Sierra de Perijá, porque ahí está la otra franja, que es similar y está más virgen aún.

—Todos estos documentales tienen un lugar común: la lucha de las personas de las fronteras contra las trasnacionales, que son las que también quieren sacar oro, que quieren sacar uranio, manganeso, kaolín, lo que sea, y no tienen respeto. Construyen una carretera, una escuela, un hospital… Eso no es bienestar social porque, ¿quién va a vivir allí después con tanta destrucción? En la Sierra de Perijá hay extracción de carbón. Empresas nacionales la apoyan porque dicen que eso es bienestar. Pero, anda a ver el río Guasare, el río Limón: animales deformados, gente enferma… No ha sido a gran escala porque no es tanta la explotación, pero siempre genera un pasivo ambiental y humano.

—Pero no sólo han sido fronteras candentes. También hemos estado en la frontera marítima de Falcón, Aruba y Curazao. Hicimos ficción, un docfic que estamos editando ahorita, sobre la llegada de los afrodescendientes a esa costa, cómo se dio el contacto y cómo subieron a la sierra de Falcón, cómo fueron esclavizados y cómo se rebelaron. A partir de esa experiencia, un compañero empezó a escribir un guión de ficción, y el CNAC nos aprobó el desarrollo de un proyecto que se llama Zambo. Vamos yendo hacia la ficción con un sentido que genere una repercusión en esas sociedades que están olvidadas, que han sido poco vistas en la televisión o en el cine, y mal representadas. Ves películas de frontera como Punto y raya, y es una mala representación. Es jocoso pero hay que investigar; no puedes tomar estereotipos. Hay que romper un poco con eso dándoles la palabra a ellos, y tratando de ser en el montaje, que es donde manipulas la imagen, lo más diáfano posible con lo que observaste.
Amazonas la última Frontera

Más allá del paraíso

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—Hay un personaje en Más allá del paraíso, un colombiano que fue cantante, José López, y que es una especie de eterno desplazado de todo…

—Para mí ese señor resultó ser un papá. Conviví mucho con él, cerca de su casa y en su casa, una vida rudimentaria sin luz, tomando agua del río. Ese señor tiene una historia impresionante. Ha venido de múltiples desplazamientos desde la época de Gaitán. Es de los primeros desplazados. Prácticamente te hacía llorar con las historias. Los personajes también tienen obstáculos internos fuertes. No es sólo la frontera natural, del estado. Él quería alejarse del mundo del alcohol y de las fiestas. Era parte de un grupo vallenatero y dijo: “Mira, me voy porque aquí me voy a volver loco”. A los cantantes los buscan los paramilitares para que se unan a ellos, para que les canten en las fiestas. Se fue desplazando hasta que llegó al punto más recóndito de la frontera que te puedas imaginar, que es ese lugar en El Socuy. Es muy lejos y muy intrincado. Tienes que subir cuatro horas la montaña para poder encontrártelo a él. A veces la carretera se cae. Muchos de los que viven ahí eran indocumentados, y tenían que sacar sus productos a la ciudad de Maracaibo a menor precio, a través de un intermediario que les generaba un sistema de endeudamiento al llevarles la comida. Ellos pagaban con productos y la comida siempre costaba más, y siempre le debían al intermediario. Yo le preguntaba: “¿Y cómo vives tú allí?” Y él me decía: “Yo cazo, pesco”. Ese personaje es uno de los centrales por la forma como expresaba sus obstáculos internos y la fuerza que ha tenido.

—¿Por qué les interesa ir del documental a la ficción?

—Lo que nos llevó a eso es que hay realidades que deberíamos recrear de una manera u otra. La ficción te da esa herramienta: puedes recrear lo investigado y lo vivido. Puede ser con actores no profesionales, como lo hicimos en la docuficción que hicimos en Falcón. Eran no profesionales de un grupo independiente y que son parientes de los esclavos, en el único barrio de afrodescendientes que queda en Coro. Hicimos un trabajo actoral con ellos, y ellos hicieron una representación de sus antepasados. Fue impresionante la crudeza con la que ellos se conectaban con el personaje, y la forma de darles vida, como artistas populares, a aquellos maltratos. A nosotros, como realizadores, nos movía también la fuerza que tiene la ficción, en conjunción con el documental, al verla realizada. Es una herramienta de elevada calidad estética. La ficción ha resultado genial en ese brinco de simplemente rodar a lo largo de la vida de un personaje, en sus actividades diarias, a representar cosas que le han pasado. Si hubiésemos ficcionado la historia del señor López, de cómo él llegó de Colombia, sería una tremenda película. Con esas historias de vida, nosotros dijimos: “Imagínate si empezáramos a lograr eso”. Es una necesidad del artista ir buscando esas formas narrativas a medida que va desarrollando su obra.

—Amazonas, la última frontera, ¿es un documental sobre indígenas que viven en la frontera o sobre la autogestión?

—Esa es la comunidad utópica, para mí. El documental es sobre cómo se autogestiona la comunidad, y cómo es independiente y pluricultural, porque son gente de cinco o seis etnias que se ha organizado, y tienen un secretismo de religión. Tienen a Don Bosco indígena, a Jesucristo indígena, la Virgen es morena, indígena. Conviven en un orden de autogestión y trabajo solidario. Tienen autonomía en la educación y la van amoldando. No hay ley orgánica ni nada de eso para ellos. Siguen unas pautas de formación pero dan las clases como ellos quieren. Lo que pasa es que los obstáculos internos son fuertes. No pueden desligarse de la frontera. Están en todo el margen del Alto Orinoco, uno de los lugares más tocados por la minería en el Amazonas venezolano. Ellos, a pesar de las ganas que tienen de ser libres, de trabajar y de vivir en paz, están en una encrucijada, en el paso de los transgresores de su espacio natural y antagonistas de su vida en el documental, que vienen de Colombia o de Brasil a sacar oro. El documental trata básicamente de la comunidad y sus ganas de progresar en esa frontera.

—Uno de los problemas del documental es quién habla en ellos. En las películas de ustedes toman la palabra expertos, además de los indígenas, lo que se contrapone a la práctica de darle voz al otro, al que nunca es escuchado. ¿Por qué?

—Nosotros recurrimos a los especialistas porque ellos realmente han convivido con esas comunidades durante largo tiempo, o tienen un largo recorrido de trabajo que no podemos obviar. Es una cuestión de respeto a la gente que nos ha llevado a conocer esos temas. En el Amazonas, una de las personas que están presentes, que es un antropólogo que fue misionero durante muchos años, es uno de los que, cuando el estado no estaba allá, estaba luchando. Enseñaba a los indígenas a sembrar, les daba educación. A Nelson, que es nuestro personaje principal, lo ayudó. Lo trajo a Caracas a recibir clases en la Fundación Don Bosco. Aprendió radiocomunicaciones, y ellos formaron una pequeña televisora en Puerto Ayacucho. Ellos han tenido participación, a través de la iglesia o porque son luchadores comunitarios, y les hemos dado esa voz, más que por ponerlos por encima de nuestros personajes, para reafirmar la lucha que han tenido en conjunto. No se trata de traer un especialista que viene de la nada a caer en paracaídas de algo que ha visto en libros, o es un academicista que no toca la realidad. Pero últimamente nos hemos dado cuenta de que debilita un poco la fluidez de la historia y de los personajes, porque es un corte regresar a la entrevista. Nosotros hemos ido buscando formas narrativas para sustituir eso, pero sin que el mensaje de lucha, el videoactivismo con el que comenzamos, se pierda por el hecho de no poner a alguien porque va a arruinar el esquema de montaje.

—¿Qué otros proyectos tienen?

—Vamos a ir a Argentina a desarrollar el guión de Zambo. Es un guión para largometraje. La segunda temporada de Sur Sin Fronteras está preproducida. Presentamos también la película de los barí, en la Sierra de Perijá. Se llama Barí iñatubay aitaa (la tierra que pisamos es de todos). Trata de la tenencia de la tierra y, por sobre todo, de la lucha interna que ellos han tenido por el control de su espacio. No sobre el tema político, la demarcación, porque ellos manejan otros códigos. Las tierras que van a demarcar son las yukpas porque los barí no tienen fronteras. Son ocho comunidades entre Colombia y Venezuela, y tienen una capital, que es Saimadoyi, donde nosotros filmamos, y es la que maneja esas comunidades políticamente y territorialmente. Ellos han tenido el control de sus zonas desde siempre y han estado en resistencia permanente. Creo que la preocupación del blanco antropólogo, de la gente que demarca, es mayor que la que ellos tienen, porque están en paz. Aunque, claro, se cuidan de los ganaderos y tienen el problema paramilitar que te dije.

—Filmamos también en la Alta Guajira colombiana, más arriba de Castilletes. Llegamos a la Punta de Kijourú, que es el lugar más septentrional del continente suramericano. Ellos tienen gente armada que maneja toda la zona de la Guajira. Hay un puerto del que sale su mercancía de Colombia a Maracaibo, y eso lo manejan solos los wayuu. Es un gobierno. Claro, hay grandes caciques, grandes figuras políticas de lado y lado, que son los que conectan con los estados, pero ellos manejan todo ese territorio. A veces tú te preocupas por alguien, y él no está preocupado por ti. Está muy claro en lo que hace. Tú no tienes que protegerlos a ellos. Más bien, cuando colapse todo esto, la gran Babilonia, ellos son los que van a venir a enseñarnos cómo se hacen las cosas.

—¿Cómo ve el panorama del documental en Venezuela?

—Hay un gran salto con todo lo que ha pasado en el país. Yo estuve en el Docbsas y vi que, al igual que en Brasil, todavía están las estructuras hegemónicas. Las personas mayores, con gran trayectoria, son las que acceden a hacer proyectos, a investigar, a equivocarse con sus películas, a hacer cosas que nadie ve o que ven ellos como cine de autor, experimental. Es una obra muy “intro” y que la entienden sólo ellos. En esos países, acceder a recursos es mucho más complicado que aquí, y en Europa ni se diga. Tengo amigos que fueron y TVE les ofrecía 2.000 euros para hacer una historia local, y les decía: “Ustedes ponen la cámara”. Eso es para que no hagas cine, te frustres y te vayas. Acceder a los recursos es mucho más complicado que en Venezuela. Aquí está pasando algo muy rico, y puedes verlo en la cantidad de documentales de temas tan diversos que hay en Documenta. Eso me alegró mucho. También la gente como Azpúrua se ha vuelto a activar. Los he visto con proyectos, en conjunción con jóvenes. Tengo amigos que les están editando sus últimas películas. Hay una integración mayor en comparación con otros países, donde todavía tienes que llegar a los sesenta años de edad para ver si te aprueban el proyecto.

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